EL EGO

 Dos personas han vivido en ti durante toda tu vida, una es parlanchina, exigente, histérica y calculadora, a esta persona la llamaremos ego, la otra es tu voz interior, tu sabiduría innata, tu ser espiritual oculto, a esta segunda persona la llamaremos Dios o Tao.  Como es fácil suponer, cuando estamos en armonía con esa segunda persona, o cuando permitimos que la segunda persona tome las riendas de nuestra vida, nuestra vida está llena de alegría, felicidad, dicha y bienestar. Pero cuando quien toma las riendas de nuestra vida es la segunda persona, llamada ego, nuestra vida tiene todas las características propias del caos, del desorden,  los problemas están a la orden del día, las dificultades no se hacen esperar y nuestra vida está marcada por lo que denominan algunas religiones “pecado” y que yo llamo emociones- pecados,  emociones negativas o paralizantes que no son más que aquellas emociones que nosotros expresamos o que se expresan en nosotros y que nos perturban ya sea física o mentalmente causándonos sufrimiento o con las cuales hacemos sufrir a los demás, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que ego es igual a sufrimiento.

   Como la mayoría de nosotros hemos sido demasiados condescendientes con el ego y hemos permitido que nuestra vida esté guiada, al menos en la gran mayoría de su parte por este personaje, le dedicaremos unos cuantos párrafos destinados a saber: ¿Quién es?, ¿Cómo llegó a nosotros?, ¿Cómo hizo para ejercer esa influencia tan enorme en nosotros? y lo más esencial y paradójico, ¿Cómo es posible que nos gobierne alguien que sólo causa problemas?

   Para explicar qué es el ego tomemos como referencia una ilustración que he tomado prestada de una obra titulada “El libro tibetano de la vida y de la muerte”, cuyo autor es Sogyal Rimpoché, de la casa editorial Urano, el cual en la página 165 explica así: “Imaginad una persona que despierta de pronto en el hospital tras un accidente de circulación y descubre que padece una amnesia total. Por fuera todo está intacto: tiene la misma cara y la misma forma, su mente y sus sentidos funcionan igual que antes, pero no tiene la menor idea ni el menor resto de un recuerdo de quien es en realidad. Exactamente igual que esta persona, somos incapaces de recordar nuestra verdadera identidad, nuestra naturaleza original. Frenéticamente atrapados por el terror, buscamos a tientas e improvisamos otra identidad, a la que nos aferramos con toda la desesperación de alguien que cae a un abismo sin fondo. Esta identidad falsa y asumida de un modo ignorante es el “ego”.

   Así pues el ego es la carencia de un verdadero conocimiento sobre quiénes somos en realidad, junto con su consecuencia: el inexorable aferramiento, que está condenado al fracaso, a una imagen de nosotros mismos improvisada y hecha de remiendos, un yo inevitablemente camaleónico y charlatán que no cesa de cambiar constantemente para mantener viva la ficción de su existencia.

   Otros Maestros orientales nos muestran el ego como una serie de máscaras que vamos poniendo una tras otra a nuestro rostro original, de tal suerte que terminamos utilizando, como en cualquier obra de teatro, la máscara que necesitamos de acuerdo al momento actual y así nuestra vida se convierte en una enorme obra de teatro, donde quitar y poner máscaras es una rutina y en consecuencia nunca nos mostramos tal y como realmente somos, pues vivimos representando personajes, en un momento realizamos el papel de padres, en otro el de hijos, luego el de jefes, otras el de subordinado, unas veces toca ser esposos y otras amante, pero nunca somos nosotros mismos.

   Con las palabras del Maestro Sogyal Rimpoché ya sabemos qué es el ego y cómo llegó a nosotros, sabemos que es una identidad artificial que nosotros hemos adoptado ante la ignorancia de saber quienes somos realmente, olvidamos que tenemos una esencia divina, nos olvidamos de nuestro ser y entonces cubrimos ese ser con lo que encontramos a mano y entonces, ¡he ahí! que tenemos un ego tan grande, tan inflado como cada uno lo desee, en otras palabras lo hemos hecho a nuestra medida y ¿para qué lo hemos creado? Para llenar nuestro vacío, para cubrir nuestras carencias, por eso nos satisface tanto, por eso cuando alguien ofende nuestro ego nos disgustamos con él, porque es más fácil disgustarnos con un amigo que reconocer que cultivamos una personalidad falsa, porque aunque sea falsa satisface  nuestras carencias,  de ahí surge el poder que le hemos otorgado a esa persona llamada ego, en otras palabras, nos hemos apegado al ego y lo hemos hecho simplemente porque no conocemos nuestro ser real, cuántas veces hemos realizados acciones que nos llevan a decir: ¡Me desconozco!, ¡Ese no era yo! Esto bastaría para abrirnos los ojos y recordar que vivimos una vida falsa, una vida donde simplemente somos actores en un gran escenario, el problema es que representamos nuestro papel de una forma tan extraordinariamente bien que terminamos por creer que el papel que representamos es real.

   Para sostener esa ficción llamada ego el hombre se aferra  a una noción ilusoria de YO-MIO y de YO-EL OTRO, y al aferrarse a esa ilusión el hombre se separa de las demás criaturas de la existencia y del mismo hombre y cae en la falacia de  creerse independiente, y en esa ficción cree que cada uno de nosotros nada tiene que ver con los demás, que la roca nada tiene que ver con el pájaro, que el pez nada tiene que ver con el mono, nos convencemos que cada manifestación de vida en el planeta es independiente, nos aferramos de nuevo a una ilusión, a una mentira, de tal manera que para sostener la mentira inicial hemos creado otra mentira y así construimos una vida irreal, que no es sino una apariencia, porque el rostro original o la personalidad verdadera está cubierta de máscaras y de identidades que nada tienen que ver con nosotros, por lo tanto, todo lo que surja de esa ilusión ha de ser necesariamente otra mentira y como consecuencia de tener como base de nuestra vida una mentira nuestra vida no puede ser más que eso, una mentira apilada sobre otras mentiras. Si bien, la religión de oriente desde hace cientos de años predica que el universo, o mejor, la existencia es interdependiente, y que por lo tanto, toda manifestación de vida en el universo de alguna manera influye en todo el universo, es apenas ahora que los científicos están avalando la teoría de la interdependencia de los seres vivos  y en consecuencia, hoy en día el lenguaje científico y místico es uno solo y ambos hablan de que la vida en el universo se asemeja a una enorme telaraña donde el más leve movimiento en un extremo es percibido en el otro extremo, y para explicar este fenómeno de interdependencia han dicho que el universo es una “telaraña cósmica”.

   Así, es como el ego nos separa del universo, convirtiendo nuestra vida en una lucha, pues intentamos ser lo que no somos, pero nuestra inteligencia interna nos recuerda a cada rato que ese yo es falso y que carece de existencia y cuando percibimos esa falsedad es apenas obvio que nuestra vida se llene de temor e inseguridad, ¿Cómo no sentir temor si nos damos cuenta que las bases de nuestra vida pueden derrumbarse en cualquier momento? Cuando te das cuenta que no eres la cuenta bancaria, que no eres el doctor que piensa que eres, que no eres el gerente o presidente de una empresa, cuando te das cuenta que ser doctor o jornalero, millonario o mendigo, gerente o presidente  es sólo  una circunstancia en la vida de alguien que no sabe realmente quien es, cuando piensas en ello cunde el pánico y tomamos una de estas tres alternativas, la primera, nos volvemos locos, la segunda, nos hacernos los de la oreja mocha y seguimos luchando por esas cosas con la simple intención de fingirnos ocupadísimos en asuntos tan importantes que no dan tiempo para responder una pregunta tan trivial, entonces sacamos de nuestro bolsillos palabras bonitas que escuden el temor de enfrentar la respuesta, y esgrimimos a nosotros mismos y a la sociedad frases como tengo que ser responsable, tengo que luchar por la sociedad, los pobres me necesitan, los enfermos me necesitan, debo ser caritativo etc. Y la sociedad lo aprueba, la sociedad te dice: “Si ocúpate primero de los demás y al último, si tienes tiempo ocúpate de ti mismo” y así encontramos una linda excusa para no luchar contra el ego, para no enfrentar la verdadera responsabilidad de saber quién soy, porque para ello el ego debe ser suprimido. Finalmente nos queda la tercera alternativa, tomamos la decisión de buscar la respuesta al gran interrogante ¿Quién soy yo? Y en este caso, nos tendremos que dedicar a mirar en nuestro interior tan fijamente y con una mirada tan penetrante que empiece a desintegrar esas falsas identidades que hemos asumido, que empecemos a quitarnos una a una las máscaras conque hemos cubierto nuestro rostro original hasta tal punto que desaparezcan totalmente y sólo quedemos cara a cara con nuestro guía interior, con nuestro maestro interno, hasta que comprendamos que mi guía interno y yo  somos lo mismo y que Dios y yo es lo mismo y que decir piedra, árbol, pez u hombre es decir Dios, y decir Dios es lo mismo que decir yo soy.

   Descubrir nuestra verdadera esencia, nuestro rostro original es la esencia de todo proceso espiritual, cada religión desde su óptica, aunque a veces un poco miope, tiene como finalidad última terminar con el gobierno tiránico del ego, las enseñanzas básicas de las religión son sencillas y claras pero el ego intenta complicarlas porque sabe que lo amenazan, así, cuando empezamos nuestra búsqueda espiritual llega a nuestro espíritu una encantadora fascinación e incluso el propio ego nos alienta a seguir esa búsqueda y nos dice: “Esto es maravilloso, justo lo que necesitaba”, cuando empezamos determinadas prácticas espirituales el ego sigue ahí y nos da ánimos. Pero cuando las enseñanzas empiezan a producir el efecto buscado (eliminar el ego) y entonces empiezan a golpearlo, cuando la prédica del sacerdote, Maestro o pastor te golpea el ego y empiezas a darte cuenta que no eres tan bueno como creías, que tu caridad es sólo un negocio para ganarte el cielo, cuando comprendes que actúas a través de máscaras porque por ejemplo hablas de fidelidad a tu pareja pero eres incapaz de ser fiel y sin embargo eres religioso, es decir, cuando las enseñanzas golpean fuertemente al ego, el ego se da cuenta que la lucha es en su contra y aprovechará el dolor, la soledad y todas las dificultades que encarna el empezar a conocer una persona nueva, el empezar a descubrirnos a nosotros mismos y entonces ese ego ya no estará de acuerdo con las prácticas espirituales, entonces empieza a hacerte sentir humillado, menospreciado, y el ego te susurra al oído “esa enseñanza no es para ti” y empiezas a ver los defectos de tu guía espiritual y te sientes engañado cuando te dicen que tienes que despertar en ti emociones como compasión, perdón, amor, tolerancia  y concluyes que son sólo bellas palabras de los sacerdotes y Maestros para que caigas bajo su poder. Otros egos más osados o más hipócritas, sencillamente terminan convenciéndonos de que somos espirituales, buenos cristianos, buenos religiosos aunque la sinceridad de nuestros actos brillen por su ausencia, hasta acuñamos frases como “soy católico pero no practicante” y ese ego te engaña de nuevo, pues es imposible ser religioso y no ser practicante, porque la religiosidad es un estilo de vida, una forma de vida que se debe realizar 24 horas al día, la religiosidad es como la respiración, no puedes respirar dos horas por la mañana y pensar que ya no necesitas respirar más hasta el día siguiente; por algo, las religiones han hablado del aliento vital y oriente dentro de sus prácticas religiosas le ha dado un lugar muy importante a la respiración.

   En este punto pueden suceder dos cosas: Primero que le hagamos caso al ego y entonces claudicamos en la búsqueda espiritual, desistimos de conocernos a nosotros mismo, desistimos de descubrir nuestro rostro original. Y segundo, nos damos cuenta que el ego simplemente nos está embaucando, nos está enredando, tomamos conciencia que actuamos en la vida a través de las máscaras que hemos elegido y que por lo tanto estamos viviendo una realidad que no existe, y así, como cuando nos damos cuenta que un amigo quebrantó nuestra confianza y prescindimos de su amistad, así mismo le diremos al ego: “Tú no eres sincero, no eres real” y empezamos a retirarle nuestros afectos hasta que lo abandonemos por completo y entonces, empezaremos a vivir realmente nuestra propia vida, y en esa ausencia de ego surge el conocimiento de la interdependencia de todas las cosas y en esa comprensión surge la sabiduría de conocernos a nosotros mismos y conociéndonos y comprendiéndonos a nosotros mismos conoceremos y comprenderemos a los demás y como producto de esa comprensión no seremos capaces de juzgar a los demás, desarrollaremos de manera natural compasión y respeto no sólo hacia los hombres, sino a toda la existencia, con gran razón nuestros indígenas y algunos santos han dicho: “hermano sol, hermana luna, hermana liebre, hermano río.” Libres del ego, libres de las máscaras nos encontramos cara a cara con nuestra sabiduría interna y entonces comprenderemos lo que en otrora tiempo era incomprensible, o como dicen los orientales: “hemos llegado a casa”, “hemos descubierto nuestro rostro original” o como dice la iglesia católica hemos descubierto el reino de Dios y como la esencia de todo cuanto existe es Dios veo la manifestación de Dios en todo lo que existe sencillamente porque he visto a Dios en mí, o mejor, he descubierto a Dios en mí. Por eso dijo el Maestro Jesús: “El reino de Dios está en nuestro interior”. Con este conocimiento hemos derrocado al ego (o si prefieres diremos que hemos derrocado al diablo) y escuchando nuestro guía interior, escuchando nuestra sabiduría interna, escuchando a Dios cambiaremos muy fácilmente nuestras emociones negativas, nuestras emociones-pecados e incluso podremos reírnos de ellas al darnos cuenta de lo inútil y ridículas que son. Y así habremos presenciado el milagro más grande del mundo, que como dice Terto Soygal, místico Tibetano: “El milagro más grande del mundo no es convertir el fuego en agua; un auténtico milagro es que alguien pueda liberar siquiera una emoción negativa”.

Con el rey “EGO” depuesto, retorna nuestro ser al trono y podremos decir con el Maestro Jesús: “¡Si. Soy rey! Para eso he nacido y para eso he venido al mundo” y al recuperar el trono recuperamos nuestra libertad, nos volvemos totalmente sinceros ya que estamos actuando desde nuestro propio centro y no desde una apariencia. ¡Dios le dé larga vida al rey!.

   Es todo por hoy.

   Gracias por permitirme compartir la luz de mi corazón con cada uno de ustedes.

Te invito a que sigas creciendo espiritualmente y te pases por mi artículo ¿QUÉ NOS IMPIDE DESARROLLAR CONSCIENCIA?

ISWARA

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