julio 11, 2019

Hola soy Iswara

Iswara es el pseudónimo de John Jairo Giraldo Gutierrez, un colombiano nacido bien al norte del Valle del Cauca, en el municipio de El Águila, más exactamente en el corregimiento de Villanueva, en un barrio o sector que me abstengo de contar por lo grotesco de su nombre, ya que al frente de la casa de balcón donde nací, se encontraba una enorme piedra que servía de frontera entre la casa y el río cañaveral, allí era práctica usual para los habitantes de la casa de balcón que precedieron a mis padres, a tempranas horas del día lanzar con dirección al río el contenido de sus bacinillas, con tan poca fuerza que parte de ese desagradable contenido quedaba en la piedra, y no precisamente adornándola, bueno para contar bien el cuento, digamos que por esa razón, dicha piedra recibió el nombre de “Piedra cagada” y cuenta la historia que allí, no en la piedra, sino en la casa de balcón, cuando el mes de agosto corría sobre el día nueve y el año era 1963, dicen las buenas lenguas, que nació el suscrito.

Educado en gran medida en el hogar de los abuelos paternos, recibí de parte de la abuela paterna una imposición casi, esclavista en educación, por lo que a la edad de cinco años leía todo lo que llegaba a mis manos, la abuela era una anciana educada en la religión católica, como todos en esa época, y siempre ansiosa de transmitir en su nieto la misma educación recibida, de tal suerte que desde muy temprana edad, recibí una educación religiosa muy profunda, debo decir aquí, que de niño, no leía cuentos de niños como La Cenicienta, Pinocho, La Bella Durmiente, no supe de ellos hasta que estaba un poco mayor, en su lugar me leía todas las histórias bíblicas que traía un pequeño libro con ilustraciones y así me adentré aún más en los misterios del catolicismo, a los ocho año Sansón y Dalila, Jonás y la ballena, la subida de Eliseo al cielo en un carro de fuego, los leones que devoraron a los niños que lo insultaron, eran historias para mí ya bien conocidas, ¡Ah! ¿Y qué decir del paso del mar rojo y las plagas de Egipto? Eran mis historias favoritas donde veía resplandecer el poder de Dios en beneficio de sus obedientes hijos, y así, de esa manera, aprendí a amar a Dios por sobre todas las cosas.

Estuve enamorado como loco de Dios, me parecía un padre que cuidaba adecuadamente de sus hijos y sobre todo, de los buenos hijos, por lo tanto mi gran anhelo de niño era satisfacerlo en todo. A tal extremo llegó mi fe y mi convicción que “Reclutaba” a todas las tías y en una iglesia improvisada en la sala de la casa, con una bata negra de una de las tías oficiaba como sacerdote con la ayuda de un librito que me había regalado la abuela que llama “Misal” el cual contenía la forma como se celebraba una misa, y como en toda misa, no podía faltar la eucaristía, la cual a falta de hostia consagrada ofrecía rodajas de banano, hoy cincuenta años después, me doy cuenta que esa eucaristía es más provechosa que la real,  obviamente, para mantener la actitud devota de mis feligreses era necesario el favor de la abuela que al grito de: “A escuchar la misa del niño” hacia posible llevar a buen término la “misa”, debo anotar que jamás volví a ver a mis tías tan concentradas y tan fervorosas en una misa como en aquellas oficiadas por mí, ¿La razón? Al principio yo pensaba que realmente era mi carácter de sacerdote impreso en mi corazón lo que las llevaba a tanta atención, hoy, con un poco más de lógica, me doy cuenta que eran los ojos vigilantes del abuelo y la abuela quienes hacía posible tal devoción.

Entre los diez y doce años, hubo un espacio en que me liberé de la influencia de la abuela ya que empecé a acompañar al abuelo a las faenas del campo, donde aprendí a disfrutar de montar a caballo, arriar una vaca, ver sus crías, criar conejos, verlos como la madre coneja prepara su nido para las nuevas crías y sobre todo aprendí algo que se quedaría en mi vida para el resto de mis días aprendí a tomarme la vida como un juego, aprendí el valor del sentido del humor, aprendizaje que en el colegio y la universidad me produjo muchos regaños, tal vez por lanzar la nota picante, de doble sentido o burlesca de un acontecimiento, para los profesores demasiado serios, o simplemente porque ellos ya eran de cierta edad y habían aprendido a tomarse todo en la vida demasiado serio, gracias a Dios, que mi sentido del humor no pudo ser doblegado por esos regaños, los cuales en ocasiones eran verdaderas frases que me ridiculizaban pero que no lograron su objetivo, recuerdo un anécdota que sucedió en una clase, como siempre a la explicación del profesor saltó de mi mente, sin premeditación y sin preparación alguna, un dicho que hizo reír a todo el salón, obviamente no a la profesora, que mirándome a los ojos me dijo: “Este es mucho payaso” la profesora creyó que me insultaba que me ridiculizaba, pero en mi corazón me sentí profundamente realizado, porque a esa edad yo me identificaba plenamente con esos personajes cuya función en la vida es hacer reír, huelga decir, que ese regaño, para mí no fue tal, para mí fue en reconocimiento a mí sentido del humor.

Un día llegué corriendo donde la abuela para contarle que el padre del pueblo, Justiniano Echavarría, me había convocado, por mi piedad y puntualidad en las misas ya que no faltaba a misa a mañana y noche, como monaguillo, no alcanza usted a imaginar la cara de felicidad de la abuela, cuando me expresó: “Va por buen camino, pronto será sacerdote” dicho encanto no duró mucho tiempo, pues a la sazón ya tenía alrededor de catorce años y empecé a relacionarme con otros chicos de mi edad y empecé a aprender a jugar fútbol, a pasar los veranos en los charcos que hacíamos en el río, aprendí a jugar billar, y lo más funesto para la vida religiosa que llevaba hasta entonces, aprendí a bailar y no sólo aprendí, me encantó bailar, y aquí empieza el árbol a torcerse, y definitivamente, un día cualquiera tiré los hábitos de monaguillo y los cambié por la pinta del domingo para ir a bailar.

Luego llegaron los años de estudio donde empezaron a hablar de la teoría de la evolución, de filosofía y mi mente empezó a cuestionar la tan aceptada existencia de Dios, esta etapa de mi vida la calificó mi abuela como la etapa de “masón” y desde ese momento la abuela empezó a ver como se evaporaba el sacerdote en potencia y en su lugar empezaba a surgir un “masón” y realmente, así sucedió, si por masón se entiende lo que ella quería expresar: “Un ateo”

Contaba con diez y seis años, cuando empecé a cuestionarme las enseñanzas religiosas, y surgió lo que todos los sacerdotes temen “La duda” y la primera duda fue: “Si Dios es todo amor, si Dios creó a todos los hombres ¿Por qué Él mismo asesina a los hombres?” y si todos somos hijos de Dios ¿Cómo es posible que Dios mande a asesinar a determinadas personas, que son igualmente sus hijos? estas fueron los primeros interrogantes religiosos que al cuestionar no pude digerir, y con la llegada de la primera duda empezaron a surgir cada día nuevas dudas y más complicadas de resolver: ¿Por qué unos hombres veían y hablaban con Dios y otros no? ¿Por qué tenía yo que ser responsable del pecado de Adán y Eva?, entonces obviamente acudí a mi primera maestra espiritual, a mi gurú de entonces, a la abuela, trasladé entonces esas preguntas a la abuela, pero obviamente sus respuestas no pudieron satisfacer mis dudas, mucho menos cuando sacó a relucir el comodín católico, “Las cosas de Dios no se discuten se aceptan y punto” obviamente esa razón no era de mi agrado, por lo que le dije: “Esa razón no me resuelve la duda, se me debe explicar de manera racional y lógica” y la encartada abuela solo pudo expresar: “¡ay mijo! El estudio lo está volviendo masón” así empezó mi lucha por comprender lo que no estaba claro para mí, acudí al sacerdote para que me explicara el cuento de la Santísima Trinidad pero cuando tampoco pudo explicar nada, expresó que: “El asunto de la Santísima Trinidad es un artículo de fe que debía creer sin cuestionar” y en ese momento perdí toda esperanza de que alguien me explicara los misterios de Dios, en consecuencia me declaré no creyente en Dios, sucedió lo que tanto temía la abuela, pasaron alrededor de once años sin encontrar la pista divina, leí sobre otras religiones y siempre me encontraba con lo mismo, pero contado en otras palabras y con otros personajes, al estilo novela Corín Tellado donde después de muchas intrigas y luchas los protagonistas quedan juntos y son felices para siempre, o al estilo película de bandidos y buenos donde los buenos sufren y sufren pero siempre ganan.

Leí todo lo que pasó por mis manos que tuviera que ver con religión, desde cartomancia, artes adivinatorias hasta el Bhagavad Gita, el Corán, obras de espiritismo. Asistí a cuanta iglesia y congregación hablaba de Dios y me encontré en varias iglesias de las llamadas cristianas y vi como ponían más énfasis en el versículo de la Biblia que habla del donante alegre que en el evangelio de Jesús y también me di cuenta que era la misma perra pero con distinta cabuya, hacía el año mil novecientos noventa y uno llegó a mi vida la ciencia del espiritismo a través de Mardocheo (Un viejo espiritista siempre  dispuesto a ayudarme con mis dudas), la cual daba explicaciones más lógicas sobre la existencia de Dios que lo que había averiguado hasta la época, pero tampoco me satisfizo plenamente, siempre me quedó la inquietud de que mi vida no podía ser sólo servir de consejero a los muertos y nunca me gustó la idea de vivir por toda la eternidad al lado de Dios cantándole y engrandeciéndole su ego al proclamar su bondad y su amor. Finalmente me encontré a través de los libros con el Maestro Osho “Un místico espiritualmente incorrecto” que me paseó por todo el conocimiento religioso del mundo, desmantelando las mentiras y estupideces de todas las religiones y apartando lo poco que de sagrado y divino tiene cada una de ellas, y mi Maestro me dio la respuesta a mis interrogantes, respuesta que yo llamaré: “La respuesta sin respuesta” Aprendí que Dios es la experiencia que le sucede a uno cuando está en silencio y que no se puede conocer como conocemos la vida de Sócrates a través de sus discípulos y sus historiadores, por eso lo llamo “La respuesta sin respuesta” Porque conocer a Dios es comprender que no se puede conocer, aprendí que Dios no es una persona sentada en un trono sostenido por cuatro querubines con ojo de águila por todo el Universo, con mi Maestro aprendí que las cosas no tienen más poder que el que nosotros le damos y con esa comprensión deseché todo lo hecho por el hombre que pretende ser divino, deseché cruces, estatuas, imágenes, iglesias y medallas, también aprendí que la única manera de mostrar agradecimiento a Dios es amando su creación, finalmente diré que con Osho aprendí que las religiones organizadas no son más que una tienda donde uno puede comprar el cielo.

No me queda sino darle los agradecimientos al Maestro por realizar en mí el milagro más grande que le pueda suceder a un hombre “La comprensión de Dios” o de la existencia, que es lo mismo. Gracias a esa comprensión he logrado soltar la carga que me había impuesto la religión y la sociedad, he hecho saltar los grilletes que me impedían volar, ahora soy libre, vivo en armonía con toda la existencia, soy feliz y vivo solamente un día a la vez, el día de hoy.

Iswara: El que se ha enriquecido con tesoros que no son de este mundo.